Raíces
Los detractores acusan a este Consejo de orígenes menemistas. Quienes lo vimos surgir de tierra castelariana sabemos que sus semillas fueron claramente anarco-comunistas. Se erigió como oposición a un Sistema, a un Modelo económico, a una Ideología y -por qué no- a una Filosofía de vida que contaba con el apoyo, o al menos con la silenciosa complicidad, de una clase media que se obnubilaba con sus veraneos en Brasil, los electrodomésticos en cuotas y se embriagaba entre burbujas de Champagne francés. Un grupo de amigotes con inquietudes sociales y culturales, entre los que se encontraban los miembros del futuro Consejo, preocupado por la desindustrialización, la precarización laboral, el avasallamiento judicial e institucional, el crecimiento de la desocupación y la exclusión, y el bastardeo de los valores probos –por nombrar sólo alguno de los estandartes de la debacle argentina-, acompañado todo por la farandulización de la política y la pérdida del espacio público, decidió iniciar una compleja cruzada anarco-comunista en explícita manera de decir “Hasta acá llegamos”. Haciendo una lectura retrospectiva e, indudablemente, anacrónica y descontextual, no podemos menos que reconocer errores de forma y de fondo: incorporar miembros claramente anti-comunistas, conservadores, terratenientes, borrachos irrecuperables y/ o putos no asumidos, miembros que confundían anarquismo con caos y libertinaje, contribuyó con el fracaso en el que el grupo se fue sumergiendo asado a asado, comilona a comilona. El desenlace era inevitable: los encuentros se suspendían constantemente, el grupo se fraccionó en más facciones que integrantes, la consigna de “¿somos comunistas o no somos comunistas?” se empezó a quedar sin respuesta. Parecía el fin. El 19 de diciembre de 2001 la vanguardia del grupo se reunió a repensar estrategias. Algo había que hacer. Y se hizo.
Corazón
El 2001 presentaba no sólo diferencias irreconciliables en las bases del grupo, sino en la propia cúpula vanguardista. El miembro más conservador del tridente conductor, intentó cooptar al resto con una cena digna de un restó de Las cañitas. Pero sus 2 comensales no estaban dispuestos a traicionar sus ideales ácratas. Cuando lo vieron aplaudir de pie el discurso delarruista que instauraba el incoherente estado de sitio democrático, decidieron que su lugar no era esa mesa, sino la calle. Advertidos por el recalcitrante terrateniente sobre los peligros de salir de la casa en plana vigencia del estado de sitio, se retiraron rompiendo algunos cuadros pequeñoburgueses del domicilio al grito revolucionario de “todo no se compra, todo no se vende: conocemos una lista interminable de cosas más importantes que la seguridad”. Y tomaron la calle. Y tomaron la palabra. El pueblo tomó la palabra y advirtió, una vez más: “hasta acá llegamos”. La historia es conocida. Fue un punto y aparte. Pero había que seguir ¿Se podría reconstruir el grupo sobre esas cenizas? ¿o era hora de dejar de lado la vanguardia y dar todo el poder a las asambleas barriales, recuerdo vivo de los soviet del siglo anterior?
Cuerpo (y Mente)
Los 2 anarcorevolucionarios decidieron que era momento de actuar. No era momento de buscar protagonismos, era momento de unirse al pueblo y ejercer la soberanía popular de una buena vez sin recurrir a la democracia institucionalizada. Se separaron sabiendo que la única manera de no caer en el vicio de autoproclamarse representantes del pueblo era ser pueblo, perderse en el pueblo. Por varios años dejaron de verse. Trabajaron codo a codo con su gente, enseñando en villas, recuperando fábricas y emprendimientos para sus trabajadores. Silenciosamente, sin mezquindades individualistas. Dando rienda suelta a “La idea”. Pero fueron pasando los años de esperanzas, el Sistema se reconvirtió baja la máscara de “pulir el modelo”, y el pueblo empezó a dejar las calles, empezó a repetir la vieja fórmula peronista: de casa al trabajo, del trabajo a la casa. Era otra vez momento de actuar. Así lo entendieron nuevamente nuestros ex anarcorevolucionarios, ahora devenidos en “peronista de izquierda” (sic, permítanme el oxímoron en pos de la textualidad) el uno, en “ludita intransigente” (trabajando en el medio de comunicación más importante de la Sudamérica castellana) el otro. Y decidieron intentar recomponer el grupo y buscar una síntesis entre vanguardismo y socialismo utópico. Así nació el Consejo de seguridad, que algunos bastardean indicando que hay cosas más importantes de qué ocuparse. Los exegetas de siempre, hombres sin alas.
Alas
La cruzada no es fácil. La oposición es atroz. Pero el Consejo sabe que es necesario que alguien se pare ante la Historia, con la frente en alto, y le aclare, le deje en claro de una buena vez que “hasta acá llegamos”. Algunos nos acusarán de estar tirando demasiado de la cuerda. Nosotros creemos que, de ser necesario, hay que tirar hasta que se rompa. Quizás, allí, descubramos que tenemos alas y tratemos de usarlas. Y si nos somos nosotros, serán nuestros hijos.
“Hay dos legados perdurables que podemos transmitir
a nuestros hijos: uno son raíces, el otro son alas”
(Hodding Carter)
Enrique de la Calle
Línea Movimientista(revisando su estrategia política)
Matías De Angelis
Grupo de los uno
Consejo de seguridad, Manifiesto fundacional.
martes, 12 de junio de 2007
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